Sus pupilas eran de un negro intenso y el blanco de sus ojos estaba enrojecido. Toda su emoción estaba ahí, viva, a punto de estallar, con una intensidad que oprimía el corazón.
—Entonces, ¿en serio no te gusto ni un poquito?
Gabriel se lo pensó un momento antes de responder en voz baja:
—Eres mi esposa y te voy a ser fiel…
Regina lo interrumpió.
—¿Pero te gusto o no te gusto?
Lo miró con una terquedad inquebrantable.
Él le sostuvo la mirada. No se le daban las palabras bonitas, y tampoco quería