La mirada de Gabriel era amenazante.
—¿En serio crees que no te puedo hacer nada?
—No sabía que era tu mujer —dijo Eduardo con sarcasmo—. Pero ahora que lo sé, tranquilo, primo. No la vuelvo a tocar. Hasta yo tengo palabra. Una noche así no tiene precio. Diviértanse. Yo me largo.
Eduardo se marchó con aire prepotente.
Gabriel lo vio alejarse, con la cara contraída por el enojo.
Mónica, que había permanecido a un lado, lo miró y dijo en voz baja:
—No pensé que vendrías por mí.
Él le dirigió una b