Lyra estaba convencida de que ser Luna de la manada ya era suficiente desafío por sí mismo, pero añadir a un bebé de meses a la ecuación era casi un castigo divino. Jordan, con sus ojos grandes y oscuros como los de Ragnar, parecía empeñado en recordarle a su madre que no existía reunión lo bastante solemne como para que él no reclamara su protagonismo.
Esa mañana, Lyra lo acomodó en el fular contra su pecho y suspiró.
—Hoy vamos a ser inseparables, pequeño —murmuró, acariciando su cabecita de