El silencio en la celda se había vuelto un enemigo invisible. Las gotas que caían del techo marcaban el paso del tiempo con una precisión cruel. Lyra se encontraba sentada contra el muro, abrazando sus rodillas, mientras su respiración se guiaba con el ritmo irregular de su corazón. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Bertulf la visitó; quizás horas, quizás más o menos, el tiempo en ese lugar era una tortura. Lo único que sabía era que el miedo inicial había empezado a transformarse e