Las velas que aún quedaban encendidas en la cueva titilaban débilmente, lanzando sombras alargadas sobre las paredes húmedas. Elijah se detuvo frente a la entrada, observando a los suyos. Habían pasado meses escondidos, sobreviviendo con lo poco que podían encontrar. Cada día, las miradas se volvían más vacías, los cuerpos más débiles.
Respiró hondo, como si aún necesitara hacerlo, y dijo con firmeza.
—Hemos conseguido un mejor lugar, preparen sus cosas y nos iremos.
Los murmullos comenzaron d