Alaric no se separaba de Elora ni un segundo. Su tosquedad se había transformado en una vigilancia asfixiante. Había convertido el dormitorio principal en un búnker místico, con las paredes reforzadas por runas que Viktor, bajo amenaza de muerte, había tenido que grabar personalmente. El Monarca no confiaba en nadie, ni siquiera en los lobos de Caleb, a quienes mantenía en los niveles inferiores.
—Tienes que descansar, Vance —ordenó Alaric, ayudándola a recostarse. Sus manos, aunque grandes y