El primer impacto no fue físico, sino un grito silencioso que rompió los espejos del ático en mil pedazos de cristal negro. Elora se arqueó en la cama, con las manos aferradas a las sábanas de seda, mientras un dolor punzante, como si le estuvieran vertiendo hierro fundido en las venas, le recorría el vientre. No era solo el inicio del parto; era el gemelo oscuro intentando abrirse paso antes de que el Cáliz estuviera listo.
—¡Alaric! —el grito de Elora desgarró el aire, cargado de una luz dor