El despertar de Elora no fue dulce. Fue como emerger de un lago de brea hirviente. Lo primero que sintió fue el latido rítmico y pesado en su hombro, allí donde los colmillos de Lysandra habían desgarrado su carne. Pero el dolor físico era una minucia comparado con la náusea moral que le provocaba el recuerdo de la mente de Alaric.
Abrió los ojos y se encontró de nuevo en la habitación de los espejos. La luz de la luna entraba con una frialdad quirúrgica, reflejándose en cada rincón. Alaric es