El silencio que siguió a la ejecución en el calabozo era más ensordecedor que el propio disparo.
Elora permanecía de rodillas sobre el suelo de piedra, con la mirada perdida en la sangre que empezaba a ennegrecerse bajo el cuerpo inerte de Daniel. No sentía frío, no sentía miedo; solo sentía un vacío gélido que se extendía desde su pecho hasta la punta de sus dedos.
Alaric no la dejó llorar en paz. La agarró del brazo con esa fuerza bruta que no admitía réplica y la puso en pie. Sus dedos se en