El aire en el calabozo de la fortaleza olía a piedra húmeda y a un miedo tan antiguo como las montañas. Elora caminaba por el pasillo de celdas, escoltada por Alaric. El sonido de las botas de él contra el suelo de piedra era como el golpe de un martillo sobre un ataúd. Él no la tocaba, pero su presencia era una cadena invisible que la obligaba a seguir adelante.
—No me obligues a hacer esto, Alaric —susurró ella, con las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas
—. Te lo ruego. Llévame a