Su expresión de pánico aumenta y la mujer levanta el soporte de la bolsa para demostrarle el obstáculo. Su cara de humillación, dibujada en su atractivo rostro barbado, es todo un poema.
—Joder —masculla, y deja caer la cabeza sobre la almohada y cierra los ojos para ocultar la vergüenza.
—Iré a llamar al médico —dice la mujer con tono burlón mientras sale de la habitación y me deja de nuevo a solas con mi pobre marido dependiente.
—Sácame de aquí, nena —me ruega.
—De eso, nada, White. —Vierto