—Despiértate —le ordeno en voz baja, y me echo a llorar de nuevo—. ¡Eres un cabezota!
La puerta se abre y, al girarme, veo a mi tía a través de mi visión borrosa—. ¿Por qué no se despierta, tía?
Está junto a mí en un segundo, intentando despegarme de él para abrazarme.
—Se está curando, cariño. Necesita curarse.
—Lleva así demasiado tiempo. Necesito que se despierte. Lo echo de menos. —Mis hombros empiezan a agitarse y hundo desesperanzada la cabeza en la cama.
—Ay, Addison. —Mi pobre tía se si