—Tengo una cita a mediodía con la señora Quinn.
—Bien. Tienes que estar de vuelta a las dos. Hay una reunión. —Su tono es severo, y ni siquiera me mira, sino que mantiene la atención fija en la pantalla de su ordenador.
—De acuerdo.
Cierro la puerta con cuidado y me marcho de la oficina consternada y preocupada. ¿Una reunión? Seguro que es una reunión para discutir mi reciente falta de formalidad pero, curiosamente, no me angustia la idea.
En la puerta me topo con un mensajero.
—Tengo una entre