—Cállate. —Me acerco a la mesa y le doy unos toques a Dan en la espalda con el dedo—. No has abierto la boca. ¿No tienes nada que decir?
—¿Ves con qué tengo que lidiar? —Nick levanta las manos en un gesto de desesperación—. Es una auténtica pesadilla.
Le lanzo a mi hombre una mirada asesina y le doy una palmada a mi primo en el hombro.
—Habla. ¿Qué está pasando?
—Estoy arruinado —dice Dan en voz baja—. Hundido, sin blanca, como lo quieras llamar.
Nick ha accedido a ayudarme.
—¿Se lo has pedido?