Inspiro su aroma y me pongo de puntillas para alcanzar su barbilla, que está más elevada que de costumbre porque está mirando al techo. No llego.
—¿Qué pasa?
—Estoy intentando controlarme —dice con voz grave.
—No quiero que lo hagas.
—No digas eso, Addison —me advierte.
—No quiero que lo hagas —repito con voz grave y gutural mientras le muerdo el cuello.
Actúa de prisa. Me enrosca el brazo alrededor de la cintura y me empotra contra la pared más cercana con un gruñido. Estoy extasiada. Intento