—Te gusta ser imposible —bromeo, y me rasco suavemente la cara contra su barba incipiente.
—Me gusta cuando te pones posesiva —me susurra al oído—. Ojalá pudiera tumbarte sobre la mesa y follarte como un animal.
No me avergüenza ni me sonroja que haya dicho esas palabras tan directas sin importarle lo más mínimo quiénes nos acompañan. Sé que sólo las he oído yo. Me giro hacia él y pego la boca a su oreja.
—Deja de decir la palabra «follar» a menos que vayas a follarme.
—Vigila esa boca.
—No.
Se