—¿Está bien así, mi señor? —Tiro del vello que le cubre la base de la espinilla.
Da un respingo.
—¡Joder! —Se frota la espinilla—. Eso sobraba.
—No seas descarado —le contesto, cortante.
Le dejo los zapatos junto a los pies y me levanto.
Se los pone y se levanta; recoge la chaqueta, mete la corbata en el bolsillo y no deja de mirarme con el ceño fruncido.
—Eres un monstruo.
Le sonrío con dulzura. La arruga de la frente desaparece y sus labios se relajan.
—¿Listo?
Asiente, me toma de la mano, me