Reprimo un grito en cuanto empiezan los espasmos febriles. Me penetra intensamente, se retira despacio y fluye de vuelta sin perder el control.
—Jesús, María y José —gruñe en voz baja, retirándose y embistiéndome de nuevo con una última estocada demoledora.
—¡Nick! —Le clavo los dientes en el hombro mientras cabalgo las violentas pulsaciones que se disparan a todos los rincones de mi cuerpo. Arquea la espalda, grita, me aprieta las nalgas al correrse, y entonces recibo su tibia esencia, que me