Me suelta y gira la silla para verme la cara. Se pone en cuclillas delante de mí y me toma las manos.
—Deja que te lleve a casa —pide. Su rostro suplicante me dice que sabe que me voy a negar.
—Paso.
—A veces eres imposible. —Me acaricia la mejilla—. El embarazo te está volviendo aún más desobediente.
Me obligo a sonreír.
—Me gusta ponerte en tu sitio.
—Lo que te gusta es volverme loco.
—Sí, eso también.
Suspira y me besa en la boca.
—Come algo, por favor. —Es un ruego, no una orden—. Te encont