—Sí. Oh. —Enarca una ceja y da un latigazo en el aire con el cinturón; el restallido me provoca un escalofrío y él sonríe con malicia—. Bueno, ¿lista para lo que tenga que pasar, señorita? —Me ofrece la mano y la acepto sin vacilar. Este hombre es un imán—. Yo diría que has gritado bastante, ¿no?
Lo miro con indignación mientras él me dedica su mejor sonrisa. Sacudo la cabeza y me miro en el espejo. Estoy ruborizada. Tengo los labios hinchados y rojos y el pelo aún recogido, aunque c