—Qué gusto, nena —dice con voz grave, y una chispa se enciende en mi entrepierna—. ¿Quieres ayudarme?
Mi mirada recorre su cuerpo de nuevo hacia sus ojos.
—Vete a la mierda —respondo tranquilamente, sin preocuparme por mi lenguaje. No puede castigarme de una manera peor que ésta.
—Esa boca —dice a duras penas con un gemido, y yo lucho contra las esposas—. Vas a hacerte daño, Nick. Deja de resistirte —dice con la voz quebrada, mientras sigue deslizando el puño por su sólida extensión.
Tal