—Abre —me ordena, y abro la boca para que tenga acceso a mis dientes.
Empieza a cepillármelos con cuidado, trazando círculos lentamente y con paciencia, mientras me sostiene la mandíbula. En su frente se dibuja su arruga de concentración y sus ojos brillan de contento, y sé que es porque está realizando una de las tareas del trabajo que se ha autoasignado: cuidar de mí.
—Escupe —me ordena tras sacarme el cepillo.
Vacío la boca y dejo que me limpie los restos de pasta de los labios con e