Escondo la cara en su pecho.
—Arranqué los cables.
—Ah —dice sin más, pero sé que se está aguantando la risa.
—¿A qué juegas obligando a un pobre pensionista a mantenerme encerrada? —Corro más rápido que Clive hasta con tacones.
Me acaricia el pelo.
—No quería que te fueras.
—Pues entonces tendrías que haberte quedado.
Le saco la camisa de los pantalones y deslizo las palmas por debajo. Necesito mi ración de calor corporal. Él me abraza con más fuerza y siento el latir de su corazó