—Señor White, no hablemos de celos cuando acaba de jurar que va a eliminar toda amenaza —digo, cortante.
—Está bien. —Me aprieta contra sí y levanta la pelvis. Mi sexo se despierta con un latido perverso—. Mejor vamos a pedir una habitación —susurra moviendo una vez más sus exquisitas caderas.
Me bajo de su regazo, ansiosa por escapar de sus caricias, que me atontan, antes de que me dé por arrancarle el traje.
—Voy a llegar tarde a mi reunión. —Tomo el bolso y le doy un beso breve—. Cuan