Sus ojos vacilan buscando los míos.
—No lo dices en serio. Sé que no lo dices en serio.
—Lo digo en serio.
Su pecho se hincha con cada inhalación profunda, está despeinado y la arruga de su frente es un cráter. La ansiedad que refleja su rostro es como una lanza de hielo que se me clava en el corazón.
—Nunca he querido hacerte daño —susurra.
—Pues me lo has hecho. Me has puesto la vida patas arriba y me has pisoteado el corazón. He intentado huir. Sabía que ocultabas algo. ¿Por qué no