—¡Jesús! —Se desploma en el suelo y se tumba de espaldas para que pueda echarme sobre él, yo con la espalda apoyada en su pecho y él con los brazos en cruz.
Me hace ascender y descender al respirar.
Tengo la mente nublada, hecha un revoltijo, y mi pobre cuerpo se pregunta qué coño acaba de pasar. Ha sido el polvo de hacerme entrar en razón por antonomasia. Pero ¿con qué propósito?
—Estoy jo... —me callo antes de ganarme otra reprimenda, pero aun así me hunde los dedos en el hueco de la