Pete entra con una bandeja y sigue la dirección que señala el bolígrafo de Nick, hacia mí.
—Gracias, Pete. —Sonrío cuando me coloca la bandeja delante y me da unos cubiertos envueltos en una servilleta de tela blanca.
—El placer es mío. ¿Me permite abrirle el vino?
—No —sacudo la cabeza—, yo me encargo.
Asiente y se marcha en silencio.
Levanto la tapa del plato y un aroma delicioso invade mis fosas nasales. Me ha hecho recuperar el apetito. Desenvuelvo el cuchillo y el tenedor y lo clavo