Dibuja círculos en mi muslo. Me tenso un poco.
—Entonces estaré aquí a esa hora.
—¿Justo aquí? —jadeo.
—Sí, justo aquí. —Detiene la mano entre mis piernas.
—Nick, para. —Cierro los ojos e intento combatir las sacudidas de placer.
Mueve la mano hacia arriba y la sitúa justo en mi sexo, por encima de los pantalones. Gimo.
—No puedo quitarte las manos de encima —dice con ese tono de voz grave e hipnótico, ese que me nubla el sentido y la razón—. Y no vas a detenerme, ¿verdad?
Pues no. ¡Ma