Débora observó a los tres pequeños con los labios apretados y permaneció en silencio. «No son más que unos niños que ni siquiera tienen todos los dientes. ¿Creen que pueden enfrentarse a mí? Ni lo sueñen», pensó.
—Se está haciendo tarde. Déjeme acompañarlo a descansar —dijo Débora con suavidad, colocando una mano sobre el hombro del Viejo Curie.
En ese momento no podía enfrentarse a él; lo único que podía hacer era mostrarse sumisa, como si lo que acababa de ocurrir no tuviera nada que ver con e