Justo cuando Alessandro creyó que el ritual de purificación había terminado, la tía María le cerró el paso con la agilidad de un centinela.
Luana, al notar el cansancio en los ojos de su marido, soltó una risita cómplice y se encogió de hombros.
—Solo hazle caso, querido —le susurró—. Si no lo haces, ella no pegará ojo en toda la noche.
Alessandro suspiró, resignado. Sabía muy bien que si no saltaba sobre aquella palangana de agua, no sería la tía María quien se quedara sin dormir, sino él mism