JADE AL-QALA
Los días se fundieron en una neblina gris y silenciosa. El tiempo dejó de tener sentido; cada hora se sentía como una eternidad, cargada con el peso de un dolor que parecía haberse instalado en mi pecho para nunca irse. Me refugié en Al-Qamar, en la habitación de Malak, y ella se convirtió en mi sombra, mi único apoyo, la única persona que lograba que yo siguiera respirando.
No quería ver a nadie, no quería hablar con nadie. Pasaba las horas acurrucada entre las sábanas, mirando a