HASSAN AL-ÁSAD
No sé cuánto tiempo pasó, pero el sonido familiar de la puerta de mi despacho abriéndose me sacó de mi ensimismamiento. Por ella entró mi chiquilla, sus ojos brillantes, y corrió hacia mí, lanzándose a mis brazos con una ligereza que me sorprendió.
—Vaya, al parecer alguien me extrañó —respondí, estrechándola con fuerza entre mis brazos. Hundí mi rostro en su cuello, llenando mis pulmones del delicioso olor a vainilla que siempre la envolvía, un aroma que me traía paz.
—Demasiado