HASSAN AL-ÁSAD
Colgué la llamada que había tenido con Ethan, quien, con una mezcla de profesionalismo y ligera resignación, me informaba que mi fierecilla le había dejado bien claro quién era su jefa.
Una sonrisa genuina se dibujó en mi rostro. Mi mujer tenía un carácter indomable, una voluntad que no se dejaba dominar ni doblegar por ningún hombre, y eso, precisamente, era lo que me encantaba, lo que me enamoraba de ella: su inquebrantable defensa de sus ideales.
Un golpe en la puerta me sacó