HASSAN AL-ÁSAD
Corrí por los pasillos, y cada paso que daba se sentía como un golpe contra mi propia conciencia. Todo a mi alrededor seguía envuelto en ese azul que yo mismo había mandado poner, ese color estúpido, frío, que ahora me parecía una burla de todo lo que había hecho mal. “Buena suerte”, “fuerza”, “realeza”… ¡mentiras! Solo eran excusas que yo me inventaba para esconder mi miedo, mi cobardía, mi forma torpe y equivocada de querer protegerlas.
Pregunté a los sirvientes, ninguno sabía