HASSAN AL-ÁSAD
Levanté la cabeza y la miré a los ojos, con toda la intensidad de mi amor, con toda la determinación que había nacido en mí desde que me fui.
—En cuanto salí… en cuanto estuve solo… me di cuenta de mi error más grande. Me asusté del mundo, me asusté de las leyes, me asusté del destino… y olvidé quién es su madre. ¡Ella no es cualquier mujer, mi Sultana! ¡Ella es hija tuya! Lleva tu sangre, tu fuerza, tu inteligencia, tu coraje. Tú has sufrido, sí… pero tú no solo sobreviviste. ¡