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— “Buf… buen trabajo, hermano, bravo,” dijo la voz grave de la figura, dejando escapar una risa salvaje y estruendosa.

Una risa tan fuerte… ¡que parecía clavarse profundamente en el cráneo de Antonio!

¿Quién más podía ser sino Infierno Ardiente? Sí… Infierno Ardiente.

Antonio lo miró con puro desprecio en el rostro. Era el mismo hombre que había provocado la pérdida de memoria de Maya.

Aquel que lo separó de ella aquel día… y lo hizo clavarle un cuchillo en el abdomen. Desde entonces, Antonio se transformó en lo que es hoy:

Un demonio… un monstruo… un rey de la mafia lleno de remordimientos.

Todo fue culpa de Infierno Ardiente, y Antonio solo deseaba quemarlo vivo. Él le robó su alegría… su sonrisa.

Infierno Ardiente se acercó a él. A primera vista parecía mayor, con su bigote poblado y su pecho musculoso. También era más alto. Se acercó y soltó el humo de su cigarro directamente en la cara de Antonio.

Después de que Antonio le clavara el cuchillo, lo habían operado. Solo por un milag
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