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Antes de que Maya pudiera procesar lo que estaba pasando, Antonio acercó sus labios a los de ella y la levantó del suelo, su pierna enredándose alrededor de su torso.

Su mano se deslizó por su cintura y le dio un ligero apretón, provocando un pequeño suspiro en ella.

Antonio gimió cerca de su oído, y eso le erizó la piel.

Él tomó su cabello suavemente y la besó con intensidad.

Esta vez, Maya correspondía al beso, y no podía negar lo bien que se sentían sus labios sobre los de ella.

Él besaba cada rincón de sus labios, como si temiera perder el momento, y ella podía sentir el sabor del alcohol.

¿Estaba borracho? No, debía detenerlo. Intentó apartarse, pero era muy fuerte.

Ella podía ser policía y sabía artes marciales, pero sus habilidades no coincidían con las de él.

Él siguió besándola, y el único impulso que tuvo fue… morderle el labio. Cuando lo hizo, brotó un poco de sangre. Antonio la soltó y la miró sorprendido.

—¡¿Dios! ¿Qué demonios hiciste?! —le preguntó, y Maya lo miró fijam
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