La sonrisa se había borrado del rostro del doctor Andrews, y el silencio que siguió a mi pregunta sobre Daisy se extendió como una mancha negra y fría. Mi mente, educada para la lógica y la certeza, se negó a aceptar el vacío de su respuesta. La ecuación de mi vida tenía un error catastrófico y la respuesta era la pérdida.
—Doctor —repetí, y mi voz era un hilo tenso, casi un gruñido ahogado—, ¿mi esposa está bien? Dígame la verdad, míreme.
—Señor Savage —dijo el doctor Andrews, bajando la voz h