Mi decisión estaba tomada y la orden de ejecución era inminente, pero la lógica, esa vieja amiga traicionera, me exigía una última variable: la certeza absoluta. Necesitaba mirar a Massimo a los ojos por última vez y confirmar que no merecía redención alguna. Necesitaba darle una última y patética oportunidad de ser humano para justificar por completo su aniquilación.
Dejé el hospital sin despedirme de Avery. El aroma a antiséptico y el silencio artificial de la UCI me asfixiaban. La urgencia d