Conduje hacia el antiguo edificio del Banco di Genova en Milán, sintiendo un frío metálico en el estómago que no tenía que ver con la velocidad, sino con la urgencia de la vida y la muerte. La llamada del doctor Andrews, la palidez de Daisy, la promesa de nuestro hijo no nacido, todo luchaba contra mi necesidad de justicia. Elegí el frente, esperando poder volver a tiempo para la batalla de su salud.
Llegué a la oficina abandonada. Era un lugar sombrío y desolado, con un aire viciado que olía a