El reloj de pared de la biblioteca marcaba los minutos con un tic-tac metálico y cruel y cada sonido un recordatorio del tiempo que se agotaba. Yo estaba sola, sintiéndome como la pieza más frágil y prescindible del ajedrez, con una guerra doble librándose en mi existencia: la de Massimo afuera y la de la leucemia dentro.
Me levanté del sofá, aunque mi cuerpo protestó con un vértigo súbito. El agotamiento era una capa gruesa que me envolvía; cada paso era una victoria momentánea sobre la debili