El olor a papel envejecido y conocimiento estancado impregnaba el aire de la vieja Biblioteca Universitaria. Era un refugio sobrio, lleno de mesas de madera oscura y estanterías altísimas que se perdían en la penumbra. Escogí un rincón apartado, flanqueado por gruesas columnas y la estatua silenciosa de Platón, observándonos con juicio pétreo. No sabía qué estaba haciendo allí, rindiéndome a la persona que debía odiar con toda mi alma, pero allí estaba, puntual, perfecta y con el corazón enloqu