Pasaron varios días de sentirme como un fantasma en la mansión Lombardi, firmando papeles, revisando activos, hablando con el doctor Rossi y enterándome que mi padre se rehusaba a cooperar, a comer e incluso a hablar con el psiquiatra.
Esa mañana me vestí con el uniforme de mi exilio: un traje sastre de lana fría, color azul medianoche. Mis tacones eran de aguja, mi peinado, un moño pulido y perfecto eran la armadura. Tenía que ser la heredera de Marco Lombardi, no la niña que se fue. Era un dí