Habían pasado cuatro días desde la fuga de mi hijo con su amiguita. Cuatro días que se sentían como un siglo de fracaso en el que cada uno de mis planes se fue e la mierda una y otra vez. El control absoluto que definía mi vida se había evaporado con mi hijo.
Las investigaciones y la búsqueda de mi hijo seguían con una intensidad como si estuviera rastreado a un líder terrorista. Había movilizado recursos federales y mis propios equipos de seguridad privada y el resultado era el mismo: cero. Da