Los tres días se sintieron como una vida entera.
Habíamos estado jugando al escondite en mi propia ciudad, refugiándonos de día en sótanos abandonados o cuartos de servicio fríos, y regresando siempre al apartamento de mi madre, el 5B de la calle de la Pizarra, solo cuando caía la noche. Era un ciclo constante de paranoia y alivio momentáneo.
Comíamos muy poco; latas frías y pan duro que comprábamos al azar. Nos duchábamos cada dos días, sintiendo que la mugre se acumulaba no solo en la piel, s