El juego siempre terminaba en mi despacho.
Lo supe desde el instante en que Avery apareció en la fiesta de Chuck. Ella era demasiado predecible en su venganza. No era una asesina silenciosa; era una artista de la humillación pública. Las migas de pan que había dejado, las fallas de seguridad, la paranoia que inyectó en mi vida, ese bolígrafo que apareció en mi despacho aquel día, eran la preparación para un acto final, y ese acto tenía que ser personal. Mi mente, que no había dormido en días, h