El motor rugía, un sonido que me devolvía a la vida.
Mis manos, cubiertas de tierra y sangre seca, se aferraban al volante de la camioneta. Cada grieta de mi piel ardía, las espinas de las rosas clavadas en la carne dolían con cada movimiento, pero el dolor físico era un eco lejano. La adrenalina me mantenía caliente, una fiebre interna que consumía mi miedo y mi tristeza.
Miré por el espejo retrovisor. El rostro que me miraba no era el mío. Era un rostro de dolor y furia, con los ojos inyectad