Solo una.
LUCIO
Pude notar sus coqueteos; Marcos siempre ha sido un hostigador incorregible, incluso con un pie en la tumba.
—Marcos, deja en paz a la enfermera —sentencié, acercándome a su cama.
Él borró su sonrisa de galán herido en cuanto la mujer salió de la habitación. Su mirada, antes juguetona, se volvió de acero, recuperando la lucidez del soldado que realmente era.
—Es linda —soltó, acomodándose con dificultad entre las sábanas.
—Todas lo son para ti —me quejé, irritado por su ligereza