MILA.
En cuanto entramos a la sala de juntas, un silencio sepulcral nos recibió. La tensión se podía cortar con un hilo; era un veneno invisible que se espesó en el aire cuando Lucio dio inicio a la sesión. Él presidía la mesa con esa calma glacial que lo hacía parecer intocable, pero yo, que conocía el calor de su piel, podía sentir la tormenta vibrando bajo su superficie.
Entonces, Taylor rompió la armonía con esa sonrisa suya que goteaba ponzoña.
—Yo voto por Octavio —soltó, reclinándose