El cielo ya comenzaba a teñirse de naranja cuando Iris y Hugo entraron al patio trasero, cubiertos de pintura desde la cabeza hasta los tobillos. La risa de su familia llenaba el aire.
—Ay, por Dios bendito… —dijo la abuela, levantándose ligeramente de su silla de mimbre con los ojos muy abiertos.
—¿Qué les pasó? —exclamó Ciaran, levantando las pinzas de la barbacoa como si fueran armas.
—Batalla campal —dijo Hugo, con solemnidad—. Fuimos vencidos por tropas de menos de un metro de altura.
Cici